sáb

14

jul

2012

Dos nuevos artículos premiados sobre el braille.

Los insospechados caminos hacia la luz

 

Brígida Rivas Ordóñez

 

Recuerdo aquellos años de mi infancia en que al morir mi padre con cuarenta años, nos dejó escasos medios económicos, y con miles apuros y economías, mi madre dio educación y estudios a su prole. sobre todo a los varones. Y las niñas ,también, que la vida da muchas vueltas, y si no se casaba alguna?... o si se separaba?... ¡Válgame el Cielo, Dios no lo quiera!

 

Por fin nos vio a todos emancipados, hombres y mujeres de bien, como había soñado. Solo yo manifesté claramente la intención de no entrar en más estudios después de la escuela: -"Mamá, yo te ayudo a pelar patatas y a enharinar el pescado, pero yo no quiero estudiar". Lo dije con mi media lengua y los brazos echados a su cuello. Ella me dio un beso en la frente, y me miró con indulgencia. Aquella hija pensó, sería su apoyo, llenaría su casa. Pero no podía consentir que su hija quedara desamparada el día que ella faltara, e hizo de mí una gran modista. Las señoras más elegantes visitaban mi taller, Los trajes de fiesta más suntuosos llevaban my firma. Yo vivía plenamente mi vocación, que además me proporcionaba buenos beneficios.

 

Ahora recordaba con una sonrisa de condescendencia, los vestidos con falso postizo, las chaquetas descosidas y vueltas a coser por la otra cara para esconder el desgaste de cuellos y mangas, que había llevado en mi infancia, y en cuyo proceso yo había intervenido, junto a la costurera que una vez por semana acudía a restaurar la ropa de la familia. Al lado de aquella buena mujer, floreció mi vocación por la costura, gracias a la cual, mis ingresos estaban ahora muy por encima de los de mis titulados hermanos.

 

Como el péndulo de la vida no se detiene, para mí, bajó vertiginosamente, el día que al enchufar una máquina de coser, un fogonazo me nubló la visión. Inútiles fueron las visitas al oftalmólogo, los tratamientos, las intervenciones, fui perdiendo la poca luz que entraba a mi retina y quedé ciega.

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Te lo Debo Todo a Ti, Carta al Sistema Braille

María Jesús Cañamares

 

Querido Sistema Braille: Llegó el momento de confesarte mi amor y gratitud públicamente. Déjame contar a los lectores nuestra historia, por favor; tienen que conocerla porque es maravillosa.

 

Nos presentó una monja, en un colegio de niñas ciegas; muy curioso porque ella sabía que tú y yo nos íbamos a gustar, pero las religiosas no podían hablarnos de amor. Fuiste muy pudoroso, no me dejabas tocarte de una vez, me enseñabas puntito a puntito. Estabas puesto en un papel grueso, y para mi tacto eras al principio algo desagradable. Parecía que pinchabas; sólo querías que te tocara con un dedo: Primero tu cabeza que era el punto 1, luego tu cuello que era el punto 2, después tus brazos que eran el 3 y el 4; luego tus piernas que eran el 5 y el 6. Y ya por último me dejaste tocar todo tu cuerpo formado con esos 6 puntitos que, poco a poco, me iban agradando más al tacto. Así, tocándote un día y otro, aprendí a escucharte, a leer lo que me decías en un alfabeto, en un libro... Pero, ¿cómo te podía yo hablar? ¿Cómo podía yo hablar al mundo a través de ti? Me diste 2 opciones: mediante pauta y punzón; o mediante máquina Perkins. acepté primero la pauta que era la más accesible para mí. Tenía que pinchar en los cuadritos de la rejilla con un punzón y formar las letras del mensaje, con la combinación de todo el puzzle que componía tu cuerpo. Era divertido, pero pronto me resultó pesado y en cuanto pude, cambié pauta por Perkins.

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