Vida y obra de Luis Braille

CAPÍTULO I

AÑOS DE NIÑEZ

 

Luis Braille, a quien los ciegos del mundo entero deben su alfabeto, vio la luz en Coupvray (departamento de Sena y Mame), el 4 de enero de 1809. El domingo siguiente, 8 de enero, recibió el bautismo en la pequeña iglesia del pueblo, siendo su madrina la hija de un labrador de la vecina parroquia de Jabline, y cuarenta y tres años después, casi día a día, fue inhumado su cuerpo en el cementerio de dicho pueblo.

 

Parece, pues, que Braille siempre estuvo muy apegado a su pueblo natal, y si la Institución de los Jóvenes Ciegos de París, donde, a partir de 1819, vivió como interno, fue su segunda patria, en Coupvray pasaba todas sus vacaciones y allí vivió varias veces largas temporadas cuando, por su enfermedad, se sentía obligado a tomarse prolongados descansos (1). En el testamento que otorgó once días antes de morir (2), no expresa desde luego el deseo de que trasladen sus restos a su pueblo; pero tampoco pide que le dejen en París, cerca de sus amigos que, sin embargo, tanto lo hubieran deseado (3).

 

Uno quisiera, pues, poder evocar aquellos sitios que Braille, aunque hijo adoptivo de la capital, nunca olvidó; pero la cosa, al cabo de siglo y medio, no es nada fácil. La casa en que nació, aunque ya viejísima, sigue en pie. Ha sufrido algunos cambios; allí no aparece resto alguno del taller del padre de Braille; además, ni siquiera pertenece ya a la familia desde hace tiempo, así que nada recuerda allí a aquél a quien todos los ciegos del mundo veneran (4).

 

La pequeña iglesia, por otra parte muy antigua, donde Luis recibió el agua lustral, allí sigue y aunque el campanario y el coro fueron algo transformados hacia 1886, la pila bautismal felizmente sigue como estaba.

 

(1) Parece que Braille viajó poco. Christopher Morley (The Saturday Review of Literature, jan. 11th, 1930) habla de una estancia de Braille en Auvergne, de la que no hemos hallado el menor vestigio. Pignier {Notice biographique sur trois professeurs anciens eleves de l'Institution des Jeunes Aveugles, p. 23) sólo dice que Braille interrumpía sus clases para irse con su familia o para "buscar distracciones en los viajes".

 

Lo que sí es cierto es que Coupvray, municipio del cantón de Lagny y administrativamente dependiente de Meaux, situado entre ambos pueblos, a 7 Km. del primero, a 10 del segundo y a unas ocho leguas al este de París, parece haber perdido bastante de la importancia que tuvo a principios del siglo XIX. Era por entonces un pequeño centro rural bastante activo, en los confines de la Brie, uno de los dos graneros de París. Tenía su médico y su farmacéutico, que hoy están en Esbly, antaño tributario de Coupvray, y que debe su desarrollo a la construcción del ferrocarril.

 

Hace 150 años, todavía se cultivaba la viña allí, y viñador fue precisamente uno de los dos testigos que firmaron en el registro civil la declaración de nacimiento de Luis Braille. A juzgar por las profesiones que figuran en los documentos de aquel tiempo, en Coupvray, hacia 1810, había todas las clases de oficios que gravitan en torno a las actividades agrícolas: carrero, herrador, guarnicionero, etc.

 

En el Primer Imperio, el guarnicionero se llamaba Simón Renato Braille. Había nacido allí el 6 de septiembre de 1764. Su padre, que no parece que era del pueblo, allí se había casado, y Simón Renato, el 5 de noviembre de 1792, allí se casó también con Mónica Barón, paisana suya y cinco años más joven que él. Tuvieron cuatro hijos: en septiembre de 1793, Catalina-Josefina; en marzo de 1795, Luis-Simón, en enero de 1798, María-Celina, y once años más tarde, en enero de 1809, Luis.

 

Si lo que afirma Hipólito Coltat, gran amigo de Luis Braille y a quien habremos de recurrir a menudo, es algo más que un lugar común de retórica, el benjamín, el que tan tarde había llegado, fue "el predilecto" y "su padre gustaba imaginárselo como el consuelo, el apoyo y el compañero de su vejez" (5).

 

Pero... un accidente, estúpido como lo suelen ser todos, desolador para aquellas gentes, providencial para los ciegos (6), iba a disponer las cosas de modo bien distinto.

 

Durante el año 1812 -es todo lo que sabemos de la fecha- el niño de tres años que era Luis entonces, jugaba en el taller de su padre. Quiso sin duda imitarle y cogió un tranchete que éste utilizaba a veces en su trabajo, con el cual trató a su vez (¡pobre niño, aún sin la fuerza y la destreza necesarias!) de hacer lo que veía, intentando cortar una correílla. Pero el cuero es duro y elástico y ...

 

¿Cómo ocurrió el accidente? ¿Acaso un pedacito de cuero le saltó al ojo hiriéndoselo? ¿Será más bien que, como nos dice Coltat, el tranchete resbalaría oblicuamente? ¿o acaso, como sucede tantas veces con un simple bramante, la punta de la herramienta dañó el ojo del niño, porque éste hacía presión al revés sobre la correílla tensa que cedió de pronto? ¡Cualquiera sabe! (7).

 

¿Quién hubiera podido pensar entonces que tan pequeños detalles iban un día a interesar a un biógrafo preocupado de buscar la estricta verdad de los hechos?.

 

También ignoramos cómo evolucionó la enfermedad ni cuánto tiempo siguió el niño gozando de la luz. A buen seguro, nos encontramos ante uno de tantos casos de oftalmía por simpatía, en los que, si no se practica a tiempo la enucleación del ojo enfermo, el otro no tarda en infectarse, ya que el microbio marcha por las vías nerviosas, y entonces el resultado es la ceguera a plazo más o menos largo.

 

A pesar de haber en el pueblo médico y boticario y no obstante los cuidados y atenciones que, según asegura Coltat (8) rodearon al niño, lo cierto es que Braille iba a quedar pronto sumido en la oscuridad.

 

Sin duda, como siempre ocurre cuando la ceguera sobreviene antes de los seis o siete años, el niño no conservó ninguna imagen visual clara, ni siquiera el recuerdo del rostro maternal o el de los sitios en que transcurrió su infancia. Bien pronto, además, su propia cara debió perder lo esencial de la viveza y movilidad expresiva que son en los niños efecto natural de la imitación espontánea. Pignier (9), que le conoció a los doce años, nos dice que su cara se parecía entonces a la que suele observarse en la mayoría de los ciegos de nacimiento.

 

"Cuando llegó a la casa, escribe Pignier, pudo observarse en él cierta gravedad infantil que iba bien con lo delicado de sus rasgos y con el aire dulce y espiritual de su fisonomía. Al hacerse mayor, conservó siempre y hasta el final esa misma expresión de dulzura amable, de delicadeza y serenidad; pero, en la conversación solían animarse sus gestos y tomaban

 

(8) Desde luego, no hemos hallado prueba alguna de tales cuidados, ni de la prontitud con que se prodigaron al niño, más, si lo que Coltat dice (op. cit. p. 14) de la solicitud del padre por su benjamín es cierto, hemos de pensar que nada se omitió por salvar la vista de Luis

 

a veces cierta viveza siempre espiritual que contrastaba con la tranquilidad que habitualmente tenía su semblante".

 

Coltat, por su parte, nos dice (10) que Braille llevaba la cabeza un poco inclinada hacia delante; otra consecuencia de una ceguera precoz que, si no se tiene cuidado a tiempo, tiende a marcar toda la personalidad.

 

Aunque tampoco la historia nos revela cómo el niño fue dándose cuenta de lo que le pasaba, lo que sabemos del fenómeno nos permite, también en este caso, inferir que debió ser poco a poco y sin sufrimiento, ya que a tal edad se acepta como natural cualquier particularidad física, normal o no: ser muy alto, muy delgado, estar muy grueso... lo que sea (11).

 

¿Braille llegó alguna vez a considerar su ceguera más bien como una bendición? Coltat, al evocar el accidente que dejó ciego a su amigo, exclamará en la ceremonia de inaguración del busto que a éste se erigió: "¡Ya está! ¡La suerte está echada! ¡su destino va a cambiar por completo, ya que nace a una nueva vida! Pasará de la oscura ignorancia y profunda y funesta indiferencia en que, desgraciadamente tantas veces viven los campesinos, a una vida intelectual y activa, en el seno de las luces de la gran ciudad; su alma arderá en el fuego de la ciencia y de las virtudes sociales, morales y religiosas. Se va a entregar plenamente a buscar el bienestar de aquéllos que pertenecen a la interesante clase de la que va a formar parte. ¡Oh ceguera! ¿eres tú de verdad una desgracia cuando produces semejantes resultados? (12). Pero Coltat, ciego como Braille, lo que en rigor expresa aquí es su afán por hallar una compensación a su propia inferioridad física, y nada nos da pie para creer que el modesto y humilde muchacho haya nunca compartido tal sentimiento, ni se haya enorgullecido de su defecto, del puesto a que le permitió elevarse ni del bien que, gracias a él, pudo hacer.

 

Es muy posible que, más adelante, los padres de Braille hallasen cierto consuelo en los éxitos escolares y en la elevación social de su hijo; pero, al principio, los momentos que siguieron a la certidumbre de que la ceguera del niño era irremediable, debieron ser verdaderamente terribles para ellos.

 

(11) Tan es así que, muchas veces, al niño que padece algo tan grave como es la carencia de vista, le molestan las palabras compasivas -siempre bien intencionadas, pero a menudo imprudentes- con que hablan de él los demás, y reacciona violentamente porque no alcanza a medir ni la importancia de lo que le ocurre, ni el efecto que en los otros produce. (N. del t.)

 

Sin embargo, Simon Braille y su mujer no se dejaron abatir. Por una feliz intuición que no siempre comparten los padres de niños ciegos, supieron dirigir perfectamente la primera educación de Luis, ya que sabemos que fue a la escuela de su pueblo. Aunque el niño no pudiera sacar en limpio de allí más que algunos conocimientos puramente verbales, muy de acuerdo -por otra parte- con la pedagogía de la época, por lo menos sacó el provecho y la ventaja que siempre procura a un niño ciego el contacto con los demás niños de su edad. Sabemos también que su especialidad en la casa era confeccionar flecos para los arneses, lo que había de desarrollar mucho su habilidad y destreza manuales.

 

Un gran peligro le anduvo rondando, sin afectarle, no obstante: la presencia en casa de dos hermanas mayores. La "hermana mayor" puede ser para un niño ciego lo mejor o lo peor. Es lo mejor cuando se limita a intervenir discretamente, compensando el inocente egoísmo y la necesidad de libertad de los chicos que juegan con su hermana, y que, a veces, le dejan solito porque, sin querer los frena un tanto en sus correteos; y es lo peor cuando, por un equivocado exceso de cariño y de solicitud, le rodea de su "hiperprotección", no dejándole hacer prácticamente nada y anulando así su personalidad, con el consiguiente perjuicio que esto conlleva para el desarrollo del niño. Hay chicas que no han querido casarse nunca porque, a su parecer, su obligación era ocuparse maternalmente toda la vida de su "pobrecito" hermano o de su "desgraciada" hermanita.

 

Luis Braille, a lo que parece, no fue nunca objeto de tanta abnegación, y su ceguera no cambió en nada el ritmo normal de los acontecimientos familiares, puesto que sus dos hermanas se casaron a la edad de 20 años: la mayor, en 1813, es decir, en el año siguiente al que le ocurrió el percance a Luis, y la otra, en 1819, cuatro meses apenas después del ingreso de su hermano como alumno interno en la Institución de Ciegos.

 

¿La perspectiva de esa última boda fue la circunstancia que decidió, por fin, a los Braille a consentir en separarse de aquel hijo al que, justamente por ser minusválido, querían más que a ninguno? Tal vez; pero, de todos modos, había llegado la hora de pensar seriamente en aquello. En un medio familiar en que todos sabían leer y escribir -lo que por entonces no era tan corriente, en que los mayores habían ido todos a la escuela y, de generación en generación habían ganado siempre el pan con el sudor de su frente, no era cosa de dejar al más pequeño sin instrucción y sin oficio ni beneficio, lo cual hubiera significado condenarlo a la ociosidad, a la desesperación, a la mendicidad y... ¿quién sabe? Posiblemente hasta a la degradación.

 

En 1815, esto es, cuando Luisito tenía seis años, la escuela que Valentín Haüy fundara en 1784 con carácter particular y de la que el Gobierno se había hecho cargo siete años después (13), acababa de recuperar su independencia al separarse del hospicio de los "Quinze-vingts" (los trescientos) al que Bonaparte, primer cónsul, la había relegado de un plumazo en 1800 (14), matándola así en tanto que centro de educación y elevación por el trabajo...

 

El 10 de Febrero de 1816, o sea, un año después, la resucitada escuela se instalaba en el viejo seminario de San Fermín, calle San Víctor, entre el Barrio Latino y el Jardín Botánico.

 

Cuando pensamos que, en los medios rurales, hace aún poco tiempo, ciertas familias apenas si sabían que los ciegos pueden instruirse, dejándolos en casa hasta muy mayores, cabe preguntarse por qué milagro la familia Braille se enteró de la existencia y la dirección de la Institution Royale des Jeunes Aveugles de París.

 

Sobre esto, a falta de documentación, nos vemos reducidos a las conjeturas.

¿Sería que el padre de Braille o cualquier persona culta del pueblo o sus alrededores recordaba los artículos publicados cuarenta años antes sobre los primeros resultados logrados por Haüy?

¿Algún apasionado por la Historia que viviera por aquellas cercanías y se interesara por el niño ciego, tendría en su biblioteca las famosas "Memorias secretas" de Bachaumont, donde se narran la presentación de los primeros estudiantes del filántropo al rey, en Versalles, en la navidad de 1786, y otros hechos relacionados con la vida de la escuela?

 

¿El eco de las manifestaciones revolucionarias en las que el fundador hizo participar a sus estudiantes llegó hasta Coupvray llevado por cualquier jacobino

¿Algún artículo del Constitutionnel o de cualquier otro periódico de la época informaría a algún suscriptor local acerca de la organización de la Institución de Ciegos? O, más sencillo aún, ¿había ya en la Institución o en los Quinze-Vingts algún ciego de la región de Meaux?

O acaso, por último, ¿el alcalde, al ir a la subprefectura, habló del niño ciego y se enteró por una circular administrativa de las condiciones de admisión en la escuela de la calle San Víctor?

 

Todas estas hipótesis se formulan sin tener motivo alguno para preferir una de ellas.

¡Es tan poca cosa, a menudo, lo que hace falta para decidir el porvenir de un niño!

 

Lo que sólo sabemos por Pignier, es que el padre de Luis escribió varias veces al director de la Institución para informarse de lo que allí hacían y tener la seguridad de que "aquello era beneficioso (sic) para el niño".

 

Más tarde y sólo "tras muchas dudas" (sic) empezó Simon las gestiones para que admitieran allí a su hijo.

 

Así, el 15 de enero de 1919, Luis Braille fue "nombrado estudiante de la Institución Real", donde ingresó el 15 de febrero siguiente, para su propia rehabilitación y para el mayor bien de todos los ciegos, a quienes iba pronto a proporcionar los medios de acceder a la cultura.

 

PIERRE HENRI

 

LA VIDA Y LA OBRA DE LUIS BRAILLE

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